Lo tocó murmurando la letra con el violín empapado en lágrimas, y con una inspiración tan intensa que a los primeros compases empezaron a ladrar los perros de la calle, y luego los de la ciudad, pero después se fueron callando poco a poco por el hechizo de la música, y el vals terminó con un silencio sobrenatural. Cuando guardó el violín en su estuche y se alejó por las calles muertas sin mirar hacia atrás, no sentía ya que se iba a la semana siguiente, sino que se había ido desde hacía muchos años con la disposición irrevocable de no volver jamás.”
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